


Omar Lacaze, sobreviviente del hundimiento del crucero Belgrano: “Somos parte de la historia viviente”
VILLALONGA
Interior del Distrito23 de mayo de 2021




Tanto Omar como el resto de sus compañeros, debieron luchar contra la fuerza de un increíble temporal de fuertes lluvias y vientos para poder sobrevivir en una zona que de cálido, poco tiene.


Hoy, reside en Villalonga, partido de Patagones. Hace pocos días, el Concejo Deliberante decidió ponerle su nombre a una de las calles de esa localidad, la ex Calle 8. Sin dudas se convirtió en un momento emotivo tanto para él como para quienes estuvieron presentes en la sesión ordinaria.
Este viernes, decidió ser entrevistado por FM DE LA COSTA para contar, en carne propia y en primera persona, no solo lo que significó este enorme reconocimiento, sino también lo que vivió en mayo de 1982.
Gustavo Bosco: Debe haber sido un momento muy fuerte lo que pasó el miércoles en el Concejo Deliberante.
Omar Lacaze: Sí, claro. Imagínate que generalmente, estas cosas se hacen cuando uno no está en vida. Para alguien que vive como yo, es algo muy fuerte y muy especial, un orgullo.
G. B.: ¿Es el primer reconocimiento que tiene usted en Villalonga?
O. L.: No, anteriormente le pusieron mi nombre a una biblioteca de aquí.
G. B.: ¿Qué se siente tener cosas a su nombre? Porque esto no es normal que suceda en vida.
O. L.: Es una emoción muy grande. Es una sensación encontrada de muchas cosas. Me acuerdo de esas épocas, de la familia. Para todos es una sensación muy especial, quizás medio difícil de explicar.
G. B.: ¿Es de Villalonga? ¿Vivió toda su vida allí?
O. L.: Soy nativo de Villalonga. Estuve entre los 12 y 18 años viviendo en la provincia de Río Negro. Mi papá trabajaba en un campo de ahí. Hice mi secundaria allá, estoy recibido de una escuela industrial, soy técnico electromecánico. Después terminé volviendo a Villalonga y de acá me fui a la Marina. Pasado un tiempo, volví otra vez.
G. B.: Usted mencionó algunos de esos momentos, de los más notorios de su vida, esa convocatoria al Servicio Militar Obligatorio en su momento, o a la Marina. ¿Cuánto tiempo hizo que estuvo en la Marina hasta que sucedió lo del crucero?
O. L.: Entré en el 1981, en febrero, y al crucero llegué en diciembre de ese mismo año. Estuvo desde diciembre hasta el día en el que nos hundieron.
G. B.: O sea que ya había estado algunos meses ahí arriba.
O. L.: Sí, habíamos hecho algunas navegaciones, incluso estábamos preparando el barco porque se cumplían 40 años de la batalla de Pearl Harbor, y el crucero había estado ahí. Íbamos a ir a una base naval en donde le iban a hacer un homenaje, por eso cuando pasó lo de la guerra, estaba desarmado.
G. B.: ¿Qué le genera revivir estos momentos? Sobre todo, el día en el que sucede esto.
O. L.: Pasé mucho tiempo, como muchos otros, de que no hablábamos de estas cosas. Después llegó un momento en el que nos juntamos varios, por ahí la tecnología nos ayudó un poco, y decidimos que, si nosotros no lo contamos, nadie lo va a hacer. Nosotros somos los que lo vivimos. Cada uno tendrá su particularidad y sus cosas, por ahí lo que pasé yo otro no lo pasó, vivimos cosas diferentes. Pero somos parte de la historia viviente. En el pueblo me conoce mucha gente, pero afuera no tanto. Por eso, por lo menos es dejar sentado parte de lo que uno vivió y de la historia misma. A mí, particularmente, no me hace mal contarlo, pero hay cosas que emocionan, y pasa sobre todo cuando uno se pone grande. No me molesta hablar de esto para que los demás sepan.
G. B.: El crucero en el que iban, ¿tenía dirección a Malvinas?
O. L.: El 16 de abril, salimos de la base naval. Nuestra misión era estar en la zona de la Isla de los Estados, el crucero estaba ahí junto al Bouchard y el Piedrabuena. Teníamos que controlar que los ingleses no se aprovisionen en Chile, y que los chilenos no aprovisionen a los ingleses en esa zona. Esa era nuestra misión. Había una zona de exclusión, pero eso en la guerra no existe, está en los papelitos, no se respeta. Hubo una orden de llevar el barco e instalarlo en el canal de San Carlos, y se iba a hacer un ataque general hacia la flota. Primero pusimos combustible, salimos hacia la zona de Malvinas, pero no pudimos llegar. Se dio la orden de volver antes, un problema de la aviación o algo por el estilo. Ahí, el submarino nos detectó y nos empezó a seguir, pero la misión nuestra era la de controlar. Si estaba la posibilidad de atacar a la flota, se cumplían las órdenes que se daban.
G. B.: ¿Cuál era su puesto?
O. L.: Director de tiro de cinco pulgadas, eran unos cañones antiaéreos por banda que habían. Una bala de esas debe pesar entre unos 20 o 25 kilos. También tenía que cubrir los puestos de guardia, crucero de guerra. Yo cubría a un director de tiro de seis pulgadas, también en la parte de la proa del buque, que ahí fue donde nos pasó el segundo torpedo a nosotros.
G. B.: ¿Dónde estaba usted al momento de las detonaciones?
O. L.: Estaba haciendo guardia de crucero de guerra, de 12 a 16 horas. Justamente, cuando se estaban por renovar las guardias, nos atacan. Estaba en la parte alta del barco, arriba de las cubiertas superiores. El primer torpedo nos pega en la parte de la cocina, hangar y todo eso, y nos deja prácticamente parados. Al barco lo levantó por el aire, calculá que son 13 mil toneladas, 180 metros y pico de largo y lo levantó como si fuera una pluma. Fue una sensación tremenda en ese momento, éramos muy jóvenes, yo tenía 20 años.
G. B.: ¿Esa detonación fue totalmente sorpresiva o había tecnología para saber si iba a pasar?
O. L.: No teníamos nada, no teníamos defensa contra un submarino, y menos contra uno nuclear. Éramos muy vulnerables a eso, podíamos haber peleado contra algún avión o un barco, pero contra un submarino nada.
G. B.: Me contaba que a usted lo encuentran en ese lugar. Cuando detona el torpedo, ¿qué pasa a partir de ahí?
O. L.: Al escuchar la explosión, algunos corren hacia las cubiertas inferiores. Yo me quedo ahí, donde estaba porque caigo debajo de unos asientos que había. Un chico que estaba del otro lado me preguntó si estaba ahí, le dije que sí, así que salimos los dos. Me puse el salvavidas, le enseñé a ponérselo porque era complicado todo, y ahí me dice que no sabía nadar. Le dije que no se preocupara porque yo tampoco, que me defendía un poco pero hasta ahí nomás. ‘Vos tirate al agua que el salvavidas te va a ayudar’, le dije. Estaba todo muy frío, el agua estaba más cerca de los 0° grados que de ir para arriba. Después nos terminaron ayudando, terminamos arriba de unas balsas.
G. B.: ¿A qué hora fue eso?
O. L.: A las 4 de la tarde, pero en esa época del año, allá, a las 5 y pico ya es de noche. Al rato de eso, estábamos en la balsa y se desató un temporal, la noche fue terrible. Se nos rompió el techo de la balsa, entraba agua todo el tiempo. Pensá que son para 20 personas. Iban 15 en la nuestra, pero habían otras que tenían cerca de 40. Pasamos toda la noche, todo el día y nos rescataron a la otra noche, casi a las 2 o 3 de la mañana. Pasamos un temporal de mucho viento, olas muy altas, lluvias. En la noche no ves nada, escuchás un ruido infernal, y más en una cosa de goma como llevábamos nosotros.
G. B.: Y cuando los rescatan, ¿hacia dónde los llevan?
O. L.: Nos rescató el Aviso Gurruchaga. Yo estaba muy congelado, ya no podía mover los brazos, las piernas, nada. Me sacaron de ahí con una red. Logré meter los brazos, me agarraron del saco y me levantaron para arriba. De ahí, navegamos hasta Ushuaia, y ahí nos esperaban los que habían llegado primero. A nosotros nos encontraron, desde el punto en donde nos habíamos hundido, a 170 kilómetros para el lado de la Antártida, íbamos cada vez más para zona más fría.
G. B.: Recordemos que acá murieron muchas personas.
O. L.: Sí, yo perdí 323 compañeros, algunos muy amigos, otros conocidos, pero todos con el mismo fin.
G. B.: Algunos fallecieron del mismo impacto y otros en el momento de las balsas.
O. L.: Sí, hay unos cuantos que fallecieron en el mismo ataque, que pegó en la parte de abajo, que era una zona donde la gente descansaba. Después tuve un amigo que cambió tres balsas: se le rompió una, después pudo nadar a otra y al rato lo mismo, porque en el momento se tiraron las balsas y se trataron de juntar y atar, pero vos vas tirando entre dos o tres. Nos atamos, pero tuvimos que soltarnos porque el temporal nos chocaba. Cortamos los cabos y nos largamos solos, y vos pensás que estás solo. Mirás para afuera y no tenés horizonte. Tenés una ola que parece una montaña alta.
G. B.: Y me imagino además la falta de provisiones y todas esas cosas.
O. L.: Sí, lo único que teníamos era agua, algunos caramelos que eran de altas calorías, y unos paquetes de galletitas chiquitos, pero llevábamos un par de días de probar casi nada, porque eran pocas provisiones. No te voy a decir que estuvimos sin comer en el barco, pero sí por la tarea que desarrollaba le podría haber pasado. La última comida que había tenido era un sanguchito de mortadela con un miñón chiquito y un tarrito con caldo.
G. B.: ¿Le gustaba lo que hacía en el crucero?
O. L.: Depende en el lugar en el que uno esté. En ese momento era demasiado joven, pero hay cosas que por ahí me han preguntado, por qué vas o qué es lo que pasa. Yo siempre digo lo mismo, cuando pasa un conflicto de ese estilo y somos todos de la misma edad, donde va el otro, vas. Tampoco tenías mucha elección.
Te voy a contar algo: yo tenía un problema, una alergia, nunca supieron a qué, pero en ese momento me brotaba todo, entonces me ponían una inyección, Decadrón. Llegaron a ponerme seis inyecciones en el viaje, y me querían bajar en Ushuaia, para llevarme en helicóptero hasta el hospital. Dije que no, que no me bajaba ni loco.
G. B.: ¿Cuándo sucedió eso?
O. L.: Durante el conflicto.
G. B.: ¿Y por qué no se quería bajar?
O. L.: Porque tenía miedo de que si me bajaba, no me volvieran a subir al barco.
G. B.: ¿Pero por tus compañeros?
O. L.: Sí, por los compañeros y esas cosas. No tenía amigos, estaba tranquilo, no tenía mucho drama. En ese momento era otra cosa. Cuando pasó el ataque del barco, todavía tenía ese problema de los brotes. Después pasó lo que pasó y nunca jamás en la vida me volvió a agarrar.
G. B.: Es impresionante lo que contás. Los mil detalles esos, que debe haber tantos…
O. L.: Sí, esto es más o menos un resumen, pero es largo.
G. B.: ¿Y la vuelta cómo fue? ¿Había familias?
O. L.: En ese momento, calculá que acá había una señora en la central telefónica, que eran con clavijas. En las casas no habían teléfonos, en el pueblo había cinco o seis. Mi familia no tenía contacto conmigo, y yo no aparecía en la lista de rescate.
G. B.: Cuando vos te vas al conflicto, ¿tus padres lo supieron?
O. L.: Sí, y te digo más, tenía un hermano al que no le tocó combatir, estaba en el regimiento de Esquel. Éramos dos en la guerra en ese momento, él desde Esquel y yo en la Marina. Fue un momento complicado cuando llegamos a la base naval, por más que haya familiares o no, venía y te abrazaba todo el mundo. Nosotros éramos 1100 arriba del barco, en la ruta de Bahía Blanca nos bajaron hasta la base y estaba llena de gente. Cuando llegabas, hay un momento difícil porque venían chicos y te preguntaban si habías visto a tal persona, y por más que los hayas visto o no, no les podes decir nada, fue muy difícil para todos.
G. B.: ¿Su familia pudo ir a buscarlo a la base?
O. L.: No, ellos se enteraron por un muchacho, un dentista que el papá era su oficial, retirado ya de la Armada, a través de él me buscaron. Cuando logra ponerse en contacto por otra gente que se entera que yo estaba vivo, le avisaron a mi mamá que estaba bien.
G. B.: ¿Pero su familia creyó que usted estaba muerto?
O. L.: Sí, ellos en un momento, como no aparecía, no sabían qué pasaba. No se hacían a la idea, pero sí, fue un momento complicado.
G. B.: ¿Y después se reencuentra con ellos en dónde?
O. L.: Acá en Villalonga. Nos tuvieron todo el día revisándonos y nos dieron la licencia para venirnos a casa. No teníamos ropa, no nos quedó nada. Cuando bajé del buque en Ushuaia, estaba con los dos zapatos que eran del mismo pie. Manoteé de un montón que había ahí, y tenía puestas unas frazadas que me cubrían un poco y nada más. Nos llevaron, nos dieron un equipo medio térmico que ojalá los hubiésemos tenido allá. Con eso nos trajeron, con un estricto control para que devolviéramos ese buzito, así que salimos con lo que pudimos.
Cuando llegué acá, había gente que me esperó en el micro. Yo llegué a las 2 de la tarde y mi casa estaba a 5 cuadras, llegué a mi casa a las 5. La gente no me dejaba ir.
G. B.: ¿Cómo recuerda ese momento?
O. L.: Son momentos muy difíciles, uno viene de pasar algo muy bravo. Entonces lo que se quiere es llegar a la casa y tratar de acomodar un poco las cosas. De todas maneras, los primeros días estuvieron complicados para dormir, pero después gracias a Dios no he tenido mayores sobresaltos.
G. B.: Sabemos cómo ha sido el acompañamiento del Estado con los ex combatientes de Malvinas, que fue mejorando, pero muy de a poco. ¿Cómo es en este momento? ¿Tienen ayudas económicas o psicológicas?
O. L.: Los primeros años fueron muy bravos, tuvimos un abandono total, no había otra. Hasta que después salió la pensión nacional, en la década del ’90. Yo la hice recién en el año 2002. En el 2007 también tengo una de la provincia de Buenos Aires.
G. B.: ¿Tiene algún recuerdo material?
O. L.: Conservo una cadenita, la tengo a mano.
G. B.: ¿Usted volvió a Malvinas? ¿O a la base de Puerto Belgrano? ¿O no quiere pasar ni cerca?
O. L.: En la base naval sí he estado, se la mostré a mis hijos. No mucho, pero estuve un par de veces en el 2000 para adelante. A las Malvinas, por ahí alguno me ha dicho de los viajes, pero tengo una idea, y soy un tipo medio raro en estas cosas: no voy a ir a ningún lugar de mi país donde tenga que llevar pasaporte. No lo conoceré y me lo llevaré al cajón, pero no voy a ir a ningún lugar de la Argentina con pasaporte. Peleé por eso y es lo que me enseñaron de chico, que eso es nuestro. Me dirán lo que quieran, pero las islas son nuestras.






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