









La última semana en el partido de Patagones volvió a dejar una postal conocida, aunque no por eso menos preocupante: una gestión atravesada por urgencias cotidianas, tensiones políticas crecientes y una comunidad que, entre reclamos históricos y nuevas demandas, empieza a mostrar signos de agotamiento.
Porque si algo expuso con crudeza la agenda informativa reciente es que los problemas estructurales no solo persisten, sino que se acumulan. La situación financiera del municipio aparece como uno de los ejes centrales. Desde el propio oficialismo se reconoció un escenario complejo, con advertencias sobre dificultades económicas que condicionan la capacidad de respuesta del Estado local.


Ese contexto explica, en parte, por qué muchos conflictos siguen sin resolución. Los reclamos vecinales en barrios como El Bañado, donde se volvió a cuestionar la insuficiencia del sistema de bombeo pluvial, reflejan una infraestructura que no logra dar respuesta a problemas recurrentes.
A esto se suma una agenda ambiental y urbana que avanza más lento de lo que la realidad exige. La fumigación en la escombrera, por ejemplo, aparece como una medida paliativa frente a un problema que se repite —incendios, acumulación de residuos— y que evidencia la falta de una política integral en materia de tratamiento de desechos.
En paralelo, el debate político local también empezó a subir de tono. La oposición volvió a poner el foco en la transparencia y el manejo de los recursos, con pedidos de informes dirigidos al Ejecutivo y cuestionamientos directos a la conducción municipal. No es un dato menor: el clima en el Concejo Deliberante muestra señales de mayor confrontación, con ediles que denuncian lentitud en la gestión y dificultades para avanzar en proyectos.
En ese mismo plano, aparecen discusiones que revelan una política todavía en búsqueda de orden. Desde la polémica por la falta de aplicación de normativas —como la ordenanza sobre ruidos molestos— hasta los cruces internos dentro del peronismo, el escenario muestra fragmentación y falta de coordinación.
Mientras tanto, el intendente Ricardo Marino intenta sostener presencia política tanto a nivel local como provincial. Su participación en reuniones con otros jefes comunales e incluso en actos vinculados a la agenda histórica de la región —como el aniversario del proyecto de traslado de la capital— busca posicionarlo en un esquema más amplio, aunque sin lograr todavía despegarse de las dificultades domésticas.
Pero hay un dato que atraviesa toda la semana y que excede a la coyuntura: la sensación de que el municipio corre detrás de los problemas. Ya sea en infraestructura, servicios o planificación, la gestión aparece más reactiva que propositiva, en un contexto donde las demandas sociales no dejan de crecer.
Patagones, en definitiva, parece moverse en un equilibrio frágil. Entre una administración que reconoce sus límites, una oposición que empieza a endurecer su discurso y una sociedad que reclama respuestas concretas, el escenario político local comienza a entrar —también— en clave electoral.
Porque si algo dejó esta semana es una certeza incómoda: los problemas de siempre siguen ahí, pero la paciencia de la comunidad ya no es la misma.





































